Tipos de calderas
Los sistemas de agua caliente y calefacción de las viviendas pueden ser de varios tipos, pero actualmente lo más corriente es que funcionen conectados a algún tipo de caldera. Básicamente se dividen en dos tipos: de circuito estanco y de tiro natural. Las primeras toman aire del exterior para generar la combustión a través de los conductos de la vivienda, y expulsan al exterior los productos de desecho resultantes. Las que funcionan a gas natural y propano suelen ser de tipo mural (para colgar en la pared) y mixtas; esto significa que generan calor para la calefacción y el circuito de ACS. Las calderas con tiro natural están prácticamente en desuso; toman el aire de la propia vivienda y sacan por el tiro de la chimenea los productos de desecho de la combustión. En cuanto al combustible que empleen las calderas, puede tratarse de gas natural, gasóleo o propano. La caldera emplea este combustible para ponerse en marcha y calentar el agua, para luego bombearla hacia las tuberías de calefacción y agua. El gasóleo y el propano precisan de depósitos para almacenarse. Las ventajas de instalar calderas a base de estos combustibles son que el combustible es más barato, hay menos riesgo de deflagración y las calderas en sí son más duraderas; por otra parte, son más ruidosas que las de gas, desprenden olor y su mantenimiento es más caro. En cuanto a las que funcionan con gas natural, resultan más baratas, hacen poco ruido, su mantenimiento es sencillo y económico, son más cómodas y no hay que almacenar el combustible en ningún depósito, ya que viene canalizado (excepto en algunas zonas). Su mayor inconveniente es que necesitan rejillas de ventilación, por lo que en aquella zona donde estén situadas entrará aire frío; además, en el caso del gas natural, aunque no se utilice el servicio hay que pagar un gasto fijo por el contador y la instalación de la red. La elección de un tipo u otro dependerá de nuestras necesidades y las condiciones de nuestra vivienda.

Los suelos de cemento pulido no son una novedad de los últimos años, aunque es cierto que las tendencias decorativas actuales, basadas en espacios de estética industrial (como los famosos lofts), han vuelto a poner de actualidad este tipo de pavimentos. Aunque principalmente los suelos de cemento se emplean para espacios como garajes, almacenes o pistas de exterior, también pueden integrarse perfectamente en interiores, e incluso emplearse como revestimiento para paredes. La técnica clásica del cemento pulido consiste en enrasar la superficie del pavimento aplicando una capa de mortero, sobre la que se espolvorean pigmentos en polvo mientras está fresco (para darle color) y un preparado a base de cuarzo y otros aditivos al que posteriormente se le somete a un pulimentado con una máquina llamada fratasadora o, más comúnmente, “helicóptero”. Este proceso lo llevan a cabo profesionales especializados, ya que tender el cemento y pulirlo son trabajos muy complicados que requieren de la intervención de especialistas. Para proteger el suelo y conservarlo en buen estado durante más tiempo existen resinas y ceras específicas que, además, le aportan más brillo. Aparte de este procedimiento, actualmente existen nuevos materiales que proporcionan acabados estupendos con gran variedad de opciones para elegir.
Uno de ellos es el llamado Microcemento Alisado, un producto que puede darse en paredes y techos, pero que también sirve para revestir superficies como encimeras de cocina o muebles de obra. Se trata de una capa cerámica de entre 1 y 2 m de espesor, que, entre otras ventajas, permite ser aplicado sobre materiales ya existentes, como cerámica o azulejos. Esto aminora considerablemente el tiempo de trabajo y las obras de renovación de los espacios; a pesar de tratarse de un acabado bastante caro (sale por unos 70 €/2), la reducción de la mano de obra y el tiempo de trabajo hacen que sea una buena alternativa a considerar.